Hay un
elemento sin el cual es imposible entender a la Compañia de Jesus, se trata del "espíritu" que animaba a la Orden y
que le permitió, en gran medida, ser lo que fue y ahora es.
El mejor material con que se cuenta para este
objetivo son las Reglas de la Compañía de Jesús y los Ejercicios Espirituales
de San Ignacio. Nos valdremos aquí sólo de las Reglas.
Las Reglas, elaboradas por San
Ignacio, recibieron una versión más acabada por San Francisco de Borja en 1567; pero
"la principal y definitiva", fue realizada por el padre Aquaviva en 1582
Se trata, como su nombre lo dice, de un
conjunto de reglas cuyo formato está dado por: un Sumario (49 párrafos); Reglas de la
Modestia (12 párrafos); Sobre la Instrucción para dar cuenta de la conciencia (14
párrafos) y Las Reglas de los peregrinos (12 párrafos). Además, el Catálogo de las
Oraciones que se han de decir; la Carta de San Ignacio; los Avisos Generales que
pertenecen a la dirección espiritual (22 párrafos); Reglas del procurador de la casa
profesa (19 párrafos); Reglas de los hermanos coadjutores (11 párrafos); Reglas del
sotoministro (7 párrafos); Reglas del sacristán (24 párrafos); Reglas de comprados (4
párrafos); Reglas del enfermo (16 párrafos); Reglas del que visita de noche las cámaras
(2 párrafos); Reglas del portero (17 párrafos); Reglas del guardarropa (12 párrafos);
Reglas del despensero (7 párrafos); Reglas del cocinero (10 párrafos); Reglas del
refitolero (15 párrafos); por último, el Regulae.
Las Reglas del Sumario son un resumen
de las Constituciones y "pertenecen a la espiritual institución de los nuestros y
todos las deben observar". En el Sumario, se precisa con respecto a su observancia:
"Todos tengan estas reglas y las de sus oficios, y las entiendan y se las hagan
familiares, y refresquen la memoria de ellas, leyéndolas u oyéndolas cada mes" (Nº
49).
La lectura de estas Reglas nos permite tomar
conciencia de que nos enfrentamos a una orden religiosa donde prima la total obediencia de
sus miembros a sus superiores, con vista a constituir un todo orgánico, cuyo horizonte es
el "divino servicio":
"Dejarán todos al Superior libre la
disposición de sí mismos y de sus cosas en verdadera obediencia, no le teniendo cosa
cerrada, ni aun la conciencia propia, sin repugnancia, ni contradicciones, o
demostraciones algunas de parecer contrario; porque con la unión de un mismo sentir y
querer, y la debida sumisión, mejor se conserven y pasen adelante en el divino
servicio" (Sumario, Nº 32).
La carta de San Ignacio, contenida en las Reglas,
en su integridad está dirigida a tratar la virtud de la obediencia: "Y aunque en
todas virtudes y gracias espirituales os deseo toda perfección, es verdad (como habréis
de mí oído otras veces), que en la obediencia, más particularmente que en ningtina
otra, me da deseo Dios nuestro Señor de veros señalar".
San Ignacio precisa que el cultivo de esta
virtud es lo que deberá distinguirlos frente a las otras órdenes: "En otras
religiones podemos sufrir que nos hagan ventaja en ayunos, y vigilias, y otras asperezas
que, según su instituto, cada una santamente observa; pero en la puridad y perfección de
la obediencia, con la resignación verdadera de nuestras voluntades y abnegación de
nuestros juicios, mucho deseo, Hermanos carísimos, que se señalen los que en esta
Compañía sirven a Dios nuestro Señor, y que en esto se conozcan los hijos verdaderos de
ella; nunca mirando la persona a quien se obedece, sino en ella a Cristo nuestro Señor,
por quien se obedece".
La obediencia, para que sea tal, debe ser
"un holocausto, en el cual el hombre todo entero, sin dividir nada de sí, se ofrece
en el fuego de la caridad a su Criador y Señor por mano de sus ministros" . La
entrega a ese todo, la Compañía, pasa entonces por una mediación transformada del ser,
gracias a la imitación de Cristo: "Quí dimiserit patrem, etc., haga cuenta
de dejar el padre y la madre, y hermanos y hermanas y cuanto tenía en el mundo... Y así,
debe procurar de perder toda la afición carnal, y convertirla en espiritual con los
deudos, amándolos solamente del amor que la caridad ordenada requiere, como quien es
muerto al mundo y al amor propio, y vive a Cristo nuestro Señor solamente, teniendo a él
en lugar de padres y hermanos, y de todas las cosas" (Sumario, Nº 8).
Entrado en la Orden: "Haga cuenta cada
uno que viven en la obediencia que se deben dejar llevar y regir de la divina Providencia
por medio del Superior, como si fuese un cuerpo muerto, que se deja llevar donde quiera y
tratar como quiera" (Sumario, Nº 36).
En los Ejercicios Espirituales podemos
captar el sentido "sociológico" de la obediencia: si se ha aceptado el
seguimiento e imitación de Cristo, necesariamente debe darse obediencia al vicario de
Cristo en la tierra: al Papa. Y la obediencia a éste pasa por la obediencia a los
superiores de la Orden. Esto posibilita a los jesuitas mirar el mundo desde un centro,
Roma, que no es político sino religioso. La "misión" puede gozar así de una
mayor autonomía frente a los poderes locales (el jesuita da cuenta de su quehacer, en
última instancia, al superior que es el Papa y no a los reyes).
La forma de entrega a ese todo permite
comprender a la Compañía como un cuerpo fuertemente cohesionado y orientado a un fin: es
como "compañía" (de Jesús), en el doble sentido de la acepción: la de
acompañar y la de sociedad (RAE).
Pero si bien la entrega tiene una dimensión
que podemos llamar mística, tiene otra que es profundamente racional, donde los
medios son constantemente vistos y sopesados en su relación con el fin:
"El fin de la Compañía es, no
solamente atender a la salvación y perfección de las ánimas propias con la gracia
divina, mas con la misma intensamente procurar de ayudar a la salvación y perfección de
los prójimos" (Sumario, Nº 2).
"Nuestra vocación es para discurrir y
hacer vida en cualquier parte del mundo, donde se espera mayor servicio de Dios y ayuda de
las ánimas" (Sumario, Nº 3).
Veamos ahora los medios. Se pueden distinguir
planos, por ejemplo, la ayuda recíproca: "Sea asimismo cada uno de ellos contento de
ayudar a corregir y ser corregido, descubriendo el uno al otro con debido amor y caridad
para más ayudarse en espíritu, mayormente cuando le sea demandado u ordenado por el
Superior que de ellos tuviere cuidado, a mayor gloria divina" (Sumario, Nº 10). Otro
es la perfección personal, la que tiene sus grados.
Pero, lo más significativo -y que marca
todos los posibles niveles que podamos distinguir es que los medios son objeto de un
control racional . Esto está presente en casi todos los párrafos de las Reglas. El
primero del Sumario da la tónica: "Aunque la suma sapiensa y bondad de
Dios nuestro Creador y Señor es la que ha de conservar, y regir y llevar adelante en su
santo servicio esta mínima Compañía... y de nuestra parte, más que ninguna
exterior constitución, la interior ley de caridad y amor, que el Espíritu Santo escribe
e imprime en los corazones... porque la suave disposición de la divina providencia pide
cooperación de sus criaturas... tenemos por necesario se escriban Constituciones, que
ayuden para mejor proceder, conforme a nuestro instituto" (los destacados son
nuestros).
El discernimiento de espíritu recibe en las Reglas
un principio clarificador a través de la oposición interior versus exterior. Demos
algunos ejemplos: "Todos los de la Compañía se den a las virtudes sólidas y
perfectas, y a las cosas espirituales; y se haga de ellas más caudal que de las letras y
otros dones naturales y humanos; porque aquellas intetiores son las que han de dar
eficacia a estos exteriores para el fin que se pretende" (Sumario Nº 16). En
lo relativo a la refección corporal se tenga cuidado que la templanza, honestidad y
decencia interior y exterior se observe en todo" (Sumario Nº 30). En la
obediencia al Superior debe tenérsele "interiormente reverencia y amor. Y no
solamente en la exterior ejecución de lo que manda" (Sumario Nº 3l).
Este predominio de lo interior sobre lo
exterior, se puede graficar con las Reglas de la Modestia, donde se habla del "hombre
exterior" y del modo cómo debe comportarse su cuerpo:
l. Lo que deben obsenar los de la Compañía
en el andar público, en general se puede brevemente decir de nuestros Hermanos, que en
todo el hombre exterior se vea en ella modestia, humildad y madurez religiosa, y
edificación en todos los que los miran; pero, viniendo al particular, se observen las
cosas siguientes.
2. No se vuelva ligeramente la cabeza acá ni
allá; sino, cuando acaeciese, con madurez religiosa; y siendo menester, se tenga derecha,
como moderada inclinación del cuello hacia la parte anterior, y no hacia un lado o al
otro.
3. Los ojos se tengan comúnmente bajo, sin
mucho alzarlos a una parte a otra; y hablando con personas, máxime de estado, no les
miren fijamente a la cara, mas comúnmente abajo.
4. Las arrugas en la frente se deben evitar,
pero mucho más en la nariz, de manera que por la serenidad de fuera se conozca la de
adentro.
5. Los labios ni muy cerrados ni muy
abiertos.
6. Todo el rostro muestre una alegría
modesta antes que tristeza o algún otro afecto menos ordenado.
7. Los vestidos estén limpios y compuestos
con religiosa moderación.
8. Las manos, si no se ocupan en alzar la
ropa, se tengan en modo decente y quieto.
9. Sea el andar moderado, sin notable prisa,
si la necesidad no fuese urgente, guardando el decoro que se podrá.
10. Todos los movimientos y acciones
finalmente sean tales, que muestren humildad, y muevan a devoción a los que los miran.
El hombre exterior debe así transparentar al
hombre interior, con vista no sólo a la edificación de todos, sino también a su
devoción.
Por último, si lo exterior es el cuerpo,
éste debe ser tratado de un modo tal que no "ahogue el espíritu". Más aun,
"La castigación del cuerpo no debe ser inmoderada ni indiscreta en abstinencia,
vigilias y otras penitencias exteriores y trabajos que dañen e impidan mayores
bienes" (Sumario Nº 48).
Teniendo presente todo lo anterior podemos
pasar al otro nivel de la Compañía: su dimensión de sociedad. El principio mayor es:
hágase todo, siempre y cuando vaya en beneficio de la Compañía (de Jesús).
Para el jesuita "su mayor y más intenso
oficio debe ser buscar en el Señor nuestro su mayor abnegación y continua mortificación
en todas cosas posibles" (Sumario Nº 12). La traducción de este principio en las
cosas de la vida: "Cuanto a los oficios bajos y humildes, debe prontamente tomar
aquellos, en los cuales hallare mayor repugnancia, si le fuere ordenado que los haga"
(Sumario Nº 13). La mortificación lo debe llevar a su identificación con lo pobre, la
pobreza ("como firme muro de la religión"):
"Amen todos la pobreza como madre; y
según la medida de la santa discreción, a sus tiempos sientan algunos efectos de ella; y
ninguno tenga el uso de la cosa propia; y estén aparejados para mendigar ostiatim cuando
la obediencia o la necesidad lo pidiese" (Sumario Nº 24).
"El comer, vestir y dormir será como
cosa propia de pobres; y a cada uno se persuada que será para él lo peor de la casa, por
su mayor abnegación y provecho espiritual" (Sumario Nº 25).
Pobreza propia, de todos, lo que se traduce
en la grandeza de la Compañía.
El jesuita es un contemplativo en la acción,
su mística se desenvuelve en el quehacer en el mundo, de allí que se califique al ocio
como el origen de todos los males:
"Todos en sanidad tengan en que entender
cosas espirituales o exteriores, porque el ocio, que es origen de todos los males, no
tenga en casa lugar en cuanto fuere posible" (Sumario Nº 44).
La perfección se opone al ocio: el jesuita
se forma también en el estudio sistemático, de larga duración. Las 24 cátedras que
todo miembro debía pasar, que incluían todas las ciencias vigentes (filosofía, lógica,
fisica, matemática, astronomía, teología, etc.) nos permiten entender el peso que
asumía el valor de la perfección.
Tenemos así a un sujeto que se subordina
obediente e incondicionalmente a un todo, que sabe de forma racional y espiritual
discernir (entre diferentes medios, entre lo interior y lo exterior), y que controla su
cuerpo y alma en un quehacer mortificante por la Compañía. Su presencia en el mundo,
para "mayor gloria de Dios", no podía pasar inadvertida.