¿A
QUE TE INCLINAS?
Puede servirte para conocer tu
carrera el estudio de tus inclinaciones superiores cuando éstas son profundas y
constantes.
La inclinación a algo hace más fácil su realización, y puede con frecuencia
considerarse como una señal de llamamiento divino: «Con gran reverencia nos
gobiernas, oh Señor», dice el Profeta, experto en el conocimiento de los
caminos del Altísimo.
No toda inclinación, sin embargo, es señal de una vocación, pues hay en el
hombre tendencias muy diferentes: inclinaciones al bien e inclinaciones al mal;
fuerzas que nos invitan a la perfección y otras que nos empujan al egoísmo, a
la pereza y aun al vicio. ¿Cómo podrían estas inclinaciones significarles la
voluntad divina? Por tanto, sólo aquellas inclinaciones superiores que encauzan
nuestras mejores cualidades son las que pueden ayudarnos a conocer nuestra
Carrera.
Estas inclinaciones, para ser tomadas en serio, han de ser también constantes,
permanentes, no caprichos pasajeros, ni sentimentalismos momentáneos.
Una inclinación, para ser constante, ha de estar basada en la íntima convicción
del individuo. Hay inclinaciones totalmente desarraigadas de convicciones;
inclinaciones que se tienen únicamente «porque sí », «porque me gusta», «porque
tengo gana», porque aquello es tan novedoso, tan atrayente, tan interesante...
Estas convicciones no pueden durar como no puede durar ninguna inclinación
puramente sentimental, sin arraigo en la inteligencia. Los sentimientos son más
volubles que el tiempo que tan pronto está lluvioso como ardiente; ya tenemos
un día encapotado, o un hermoso azul primaveral. Por tanto, las inclinaciones
que nos pueden servir de guía han de tener profundo arraigo intelectual, han de
estar siempre controladas por la razón, iluminadas por la fe.
Una auténtica inclinación admite todavía una gran variedad de matices en lo
que a su aspecto intelectual y emotivo se refiere. Inclinaciones hay en
que el sentimiento parece estar totalmente ausente, y predomina la visión
serena de la inteligencia de un bien determinado. Otras hay en cambio que
inclinan y arrastran al ser entero: a la inteligencia, a la voluntad y a la
sensibilidad, que en algunos casos llega a transformarse en verdadera pasión.
Si esto último existe hacia un camino bueno, ¡tanto mejor! Más natural y más
fácil nos será descubrir y seguir nuestra ruta en la vida. Pero no es raro que
el hombre tienda en algunos casos hacia una manera de vivir, únicamente con sus
potencias superiores, mientras repugnan positivamente sus apetitos inferiores.
En estos casos, ¿tendrán aún algún valor nuestras inclinaciones para
descubrir nuestra carrera? Sí; ciertamente.
Fácilmente es de emprender que tales repugnancias no nacen de la ausencia de
una verdadera tendencia de la parte superior, sino de las dificultades que
ofrece la sensibilidad que presiente lo que tendrá que sufrir.
Una vocación a la vida religiosa, al sacerdocio, a las misiones, al servicio
social, al ejército, a aceptar un puesto oscuro y sacrificado es normal que
despierte hondas resistencias de nuestros apetitos inferiores. Más aún, si no
se despiertan en algún momento estas resistencias, es muy de tomar que el joven
en cuestión no haya meditado seriamente el paso que va a dar. ¿Cómo no
temblar ante la renunciación de tantos bienes incompatibles con la carrera que
se va a seguir, ante la incertidumbre de su perseverancia en ella, ante la
debilidad de sus fuerzas y la grandeza de la obra que piensa acometer? La
inteligencia y la voluntad apoyándose en la fe, terminan por sobreponerse, pero
no logran ahogar las voces inferiores de nuestro ser.
Es raro encontrar la vida de un santo, o de un hombre que haya realizado una
empresa grande y generosa en la que no se encuentren estas luchas ellas no
prueban pequeñez de espíritu sino, al contrario, una inmensa grandeza de alma
que se demuestra en la victoria contra algo tan íntimo al propio individuo como
son sus sentimientos y pasiones.
Estas repugnancias sólo debemos tomarlas en cuenta para alejarnos de un camino
que entrevemos el mejor, cuando son tan violentas que no dan esperanza alguna de
ser superadas; o al menos van a exigir un desgaste tal de energías en
combatirlas, que nos hacen prever que el joven va a consumir en la lucha la
mayor parte de sus fuerzas, viviendo en un permanente reajuste de sus potencias.
La lucha no nos debe espantar, sino sólo la lucha desproporcionada y estéril.
Antes de declararnos en retirada no dejemos de meditar las fuerzas que da la
gracia al que en ella confía: « Todo lo puedo en Aquel que me conforta»;
ni dejemos tampoco de consultar nuestro caso con personas imparciales y de
experiencia.
En estos casos con más urgencia aún que en otros, conviene que el joven no esté
solo en la batalla, si no apoyado por un director espiritual experto y
comprensivo a quien tenga toda su alma descubierta. Es una peligrosa
tentación la de querer batirse solo en estas dificultades que
ordinariamente encuentran al joven desprevenido, desorientado sin conocer su
importancia, sus peligros y los medios de vencerlas. Con toda humildad y hombría
acuda, por tanto, el joven a su director y hágale conocer las vicisitudes dc su
espíritu y entréguese en sus enanos con espíritu de fe. Con mucho cuidado ha
de proceder un joven en la búsqueda de su director espiritual, pero una vez
hallado séale fiel, déjese de andar buscando nuevas opiniones y tenga cuidado
que su alma entera le sea patente con todas sus aspiraciones y repugnancias.
Estas batallas del espíritu son muy conocidas de los maestros de almas; han
sido cuidadosamente descritas desde hace centenares de años. San Ignacio entre
otros, nos ha dejado un tratado maravilloso de «Discreción de espíritus »,
en que nos señala con admirable precisión las líneas generales de estos
combates, comunes a todos los que quieren embarcarse en una empresa generosa.
A ratos se nubla completamente el horizonte. Un estado de abandono, de tristeza,
de depresión, se apodera del alma. Le parece a ésta que sus esfuerzos son sin
sentido alguno, que su sacrificio es estéril, hasta la misma fe se oscurece,
cree estar en el vacío. Las verdades que ha creído, ¿no serán una gran ilusión?,
¿Habrá algo más allá que compense su sacrificio? ¿Podrá él soportar su
desmedro la rudeza de la nueva vida que va a emprender? San Ignacio, que
describió maravillosamente estos estados de alma, los conocía por experiencia:
cuando comenzó su camino de perfección, entre otras muchas tentaciones oía en
su interior una voz demoníaca que le decía: «¿Cómo podrás, Ignacio,
soportar este camino durante 70 años que aún te quedan de vida?»
Estas experiencias dolorosas
son tanto más duras cuando que suelen venir después de una alegría
desbordante de una plácida felicidad que sigue a la primera decisión de darse
a una causa grande. El joven inexperto en los caminos del espíritu toma esta
felicidad como una tierra conquistada, cree poder construir en ella una habitación
permanente, se siente absolutamente seguro de sí y levanta planes audaces y
quiméricos... Su espanto es inmenso cuando en un abrir y cerrar de ojos sin
saber cómo ni porqué se encontró mudado totalmente y con aspiraciones tan
diferentes. Anticipándose a estas crisis, el Director prudente frenará sus
primeras resoluciones generosas, le hará entrever las dificultades, le dará
algún tiempo para que madure en su espíritu el propósito tomado. Este madurar
la resolución hará que no prevalezca el aspecto sentimental y emotivo,
se arraigue la convicción honda y sobrenatural que es la única capaz de
resistir las emociones alternas que se estrellarán en contra de él.
Una vez que se presentan las primeras dificultades, habrá de mantener su ánimo,
y alentarse con la esperanza de la victoria próxima. Después de los temporales
sale el sol que brillará sobre un azul tanto más sereno y más intenso cuanto
más violenta haya sido la batalla.
En esos días en que se oscurece el horizonte de la fe, debe el joven aprender a
obrar como los expertos marinos que cuando se ven sorprendidos por densos
nublados no echan marcha atrás sino que avanzan más lentamente, pero avanzan,
o sino al menos se paran y pitan. Pararse, detenerse, no cambiar los propósitos
y pitar; esto es orar, orar mucho, y tener fe, ¡pronto saldrá el sol!, Y así
es en verdad.
San Ignacio nos enseña en tales casos de desolación no mudar los propósitos
hechos en la consolación, sino insistir varonilmente en ellos, o bien mudarlos
contra la misma desolación haciendo nuevos avances generosos a Nuestro Señor.
Así lo hizo él en la lucha que hemos mencionado, insistiendo en la permanente
oración y ayuno que Dios premió, con una paz de alma tan intensa que con
frecuencia después afirmaba que si se perdieran todos los libres que contienen
las verdades de la fe, no dudaría de esas mismas verdades por la ley interior
que sentía en su alma.
Otras veces son pasiones carnales las que se enfrentan contra una resolución
generosa: la austeridad de la vida que se ve en perspectiva, la falta de los
placeres a que se ha estado habituado. Así, San Agustín, cuando luchaba
penosamente en su alma por iniciar una vida cristiana veía en su mente todos
los antiguos deleites de la carne en que había vivido durante largos años y le
parecía oír voces: «¡Cómo!, ¿nos vas a dejar? ¿Vivirás sin nosotras? ¡No
serás capaz de seguir ese camino!»
El ejemplo de Agustín es una
útil experiencia para quienes sientan en sí esta lucha, pues con la gracia de
Dios cortó con esa vida y cortó totalmente, llegando a ser un gran santo, y lo
que es más, deshizo todos los vínculos humanos. Su madre que cenocía sus
largas y antiguas debilidades pensó tan pronto se convirtió en buscarle una
compañera a la cual se uniera en matrimonio para garantizar la tranquilidad de
su hijo, pero éste resistió firmemente, se abrazó con la castidad, y el que
había vivido largos años en el pecado, vivió hasta una prolongada edad en
perfecta castidad. La Iglesia apellida a San Agustín, «Doctor de la gracia»,
porque en realidad ningún otro dogma exaltó tanto el Pecador convertido como
el de la gracia, cuya totalidad omnipotente él experimentaba cada día en su
carne y en su espíritu transformados.
Ante estos embates, los apocados se retiran temerosos, los valientes caballeros
de la cruz saben que ellos solos no pueden nada, porque «todo lo pueden en
Cristo que les reconforta». Aceptan la pelea y son coronados por el triunfo.
Joven que lees estas líneas, si alguna vez en tu vida recibes un llamamiento a
algo grande y generoso, apróntate para la lucha y regocíjate de antemano con
la victoria. No será coronado sino el que peleará valientemente... El Reino de
los cielos padece violencia y sólo los esforzados le arrebatan... El que ama su
alma la perderá, pero aquel que la perdiere por Mí la hallará... El grano de
trigo si no muere, queda solo y estéril, si muere da fruto en abundancia... Si
a mí me persiguieron, también os perseguirán a vosotros, pues no es el discípulo
más que su Maestro... ¿Comprendes esta lección? ¡No vaciles! ¡Pelea
valientemente por seguir el llamamiento de Cristo!