¡SEÑOR!
¿QUE QUIERES QUE HAGA?
Esta pregunta, que hizo Saulo a
Cristo, tan pronto reconoce que no es el falsario a quien él perseguía, sino
su Señor y su Dios es el interrogante que habría de estar también en la mente
de quien pretende resolver como cristiano el camino de su vida.
¡Señor!, ¿qué
quieres que haga?
La luz divina nos es necesaria para conocer nuestro camino, ya que ese camino
nos ha sido señalado por el mismo Dios. El ha dado un fin y una misión bien
precisa a todos los seres que ha creado. Los astros inmensos que cruzan el
firmamento, no menos que los animales que pueblan las selvas y hasta el microbio
invisible a los ojos humanos, tienen una misión que cumplir. El pájaro no ha
sido hecho para sumergirse en el mar, como el pez no está llamado a vivir fuera
del agua. Más aún, cada astro en particular, cada animal, cada insecto, cada
planta, tiene su propia finalidad.
¿Escapará únicamente el hombre a esta ley general del universo? ¿Será el
rey de la creación el único que no tenga una misión propia que realizar? Tal
hipótesis es absurda. ¿Cómo va Dios a desinteresarse del hombre a quien, además
de criatura, llama su hijo? «Hijitos míos», dijo Cristo a los suyos, en la última
Cena, y para alentarnos a tomar en serio este título nos enseñó a dirigirnos
a Dios con el hermoso título de «Padre nuestro». Toda la revelación
cristiana está llena de esta hermosa idea: somos hijos de Dios por la gracia,
hijos muy amados, de cuya suerte se preocupa en forma especialísima.
Una muestra de este interés
particular de Dios por el hombre, es que no se contenta con señalarle un camino
general en la vida, sino que invita a cada hombre en particular a realizar una
misión propia. Para que cada uno de nosotros pueda cumplir este cometido, nos
dota de las cualidades necesarias, nos pone en un ambiente apropiado y nos hace
conocer en forma clara —Si queremos oír su voz— la confirmación precisa de
su voluntad sobre nosotros.
San Alfonso de Ligorio, el moralista más universalmente reputado, haciéndose
eco de la tradición cristiana, tiene por cierto que, fuera del llamamiento
general de Dios, que invita a todos les hombres a la salvación eterna, tiene
también un llamamiento especial, en virtud del cual el Señor muestra a cada
alma el camino especial que debe seguir para alcanzar el fin propuesto.
Una de las grandes conquistas de la vida cristiana consiste en comprender que
Cristo se fija en cada uno de nosotros en particular, para hacernos conocer su
voluntad precisa. Se detiene frente a mí frente a mí solo, y pone sus manos
divinas sobre mi cabeza. Mientras nos consideramos como perdidos en una
muchedumbre de fieles anónimos, mientras nos imaginamos que las palabras e
invitaciones de Cristo van dirigidas a una masa de fieles, mientras mis
relaciones con Cristo quedan como algo colectivo y vago, no he comprendido la
paternidad divina, ni mi papel de hijo de Dios.
El gran momento de la gracia llega cuando me doy cuenta que los ojos de Cristo
se fijan en mí que su mano me llama a mí en particular, que yo, yo soy el
motivo de su venida a la tierra y el término de sus deseos bien precisos. Él
me ha reconocido de entre la muchedumbre. No soy uno entre miles. No existe esa
multitud. Hay Dios y yo, y nada más, ya que todo lo demás, mis prójimos
inclusive, os he de ver en Dios.
Conocer, pues, este llamamiento especial que Dios me dirige a mí en particular,
ha de ser mi gran preocupación de toda la vida, sobre todo en aquellos momentos
más decisivos, corno es el de la elección de carrera.
La vida de un cristiano es un gran viaje que termina en el cielo. Nuestra más
ardiente aspiración debe ser realizar ese itinerario, y no exponernos por nada
del mundo a perder la estación de término que nos ha de llevar a la vista y al
amor de Dios nuestro Padre. La estación de término es la misma para cada
cristiano, pero el camino para llegar allá es diferente según los designios
divinos.
La Providencia del Padre ha ordenado el mundo en forma que todas las funciones
esenciales a la vida natural y sobrenatural se realicen ordenadamente. Quiere El
que algunos lo honren y sirvan labrando los campos y sacando de ellos el
alimento para sus hijos. Quiere que otros defiendan los intereses de la justicia
y del derecho. Como habrá enfermedades y dolores desde el pecado original llama
a algunos a realizar esa inmensa función benéfica de curar los cuerpos de sus
hermanos. Para hermosear esta vida pone en ciertos hombres inmensos talentos artísticos
y un llamamiento especial a consagrar su vida a captar y traducir la armonía y
el arte para que, contemplando estas bellezas, se eleven los hombres hasta el
Creador. Es necesario multiplicar la vida humana e incita fuertemente a muchísimos
hombres y a muchísimas mujeres a unirse en un abrazo de amor para prolongar en
el mundo el canto de amor de la creación, engendrando hijos que conozcan y amen
a Dios. La más sublime realidad que hay en este mundo es la gracia
santificante, que es participación de la vida divina y se nos comunica mediante
los sacramentos: en todos los tiempos y países llama Dios almas escogidas a
consagrar su vida para distribuir esta gracia de engendrar, alimentar y
resucitar hijos en el sentido sobrenatural de la palabra, mediante el bautismo,
la eucaristía, la penitencia, y son los llamados al sacerdocio.
Auténticos llamamientos divinos hay para la defensa de la Patria, como llamó a
Juana de Arce y sigue llamando a tantos que se consagran a la milicia por un fin
sobrenatural, habiendo algunos llegado por ese camino a la santidad. A otros en
cambio los llama a la vida de la contemplación mística, como aún en el siglo
del avión y de la radio sigue llamando almas escogidísimas para dedicarse a
una vida de unión constante con El en la oración y estudio de la divina
Palabra. A algunos de estos hombres los invita a ir a la soledad total y aún no
hay vocaciones no escasas a la Cartuja y a la Trapa de jóvenes cultos,
inteligentes que tienen como suprema aspiración hundirse en el conocimiento y
amor de Dios: su labor no es perdida para sus semejantes, pues les ayudan con su
oración y con la lección vivida del valor de lo sobrenatural, por lo cual
ellos sacrifican todos los bienes sensibles.
Llamamientos divinos siguen produciéndose para una vida consagrada entera al
estudio y penetración de la verdad; a su difusión por la prensa; a su defensa
en el terreno de la política; otros son llamados y equiparados para una vida de
acción intensa, con grandes capacidades de organización. Unos experimentan una
atracción superior por la defensa del pobre, por la niñez desvalida, mientras
otros reconocen un llamamiento para trabajar con los intelectuales, con los
hombres de influencia. Frente a las vocaciones al matrimonio hay auténticas
vocaciones al celibato en la vida religiosa, en el sacerdocio y aun en el mundo.
El dogma consolador de la divina Providencia nos asegura que Dios dispone todas
las cosas suave y fuertemente para su fin. Él tiene sus caminos, y sobre cada
uno de nosotros tiene su plan. Nuestra gran preocupación debería ser conocer
ese plan de Dios, no sólo sobre el mundo, sino sobre mí concretamente.
Dios me ha dado una vocación
para algo, ¿para qué?
Nuestra vida, decíamos, es un viaje al cielo, ¿cuál es el camino que Dios
quiere que tome yo para llegar allí? Si en una estación hay
multitud de trenes listos para ponerse en movimiento, ¿cuál quiere Dios que
sea mi tren? ¿cual me lleva más rápido, más seguramente a una posesión más
total del fin de mi vida?
Loco llamaríamos a quien llegando a la estación Central no se preocupara de
averiguar cuál es el tren que lo lleva a su destino, sino que tomara
atolondradamente el primero que encontrara, y mucho más aún si se empeñara en
tomar uno que va en dirección diferente a la de su estación de término, sólo
porque el tren es más moderno, el carro más cómodo, la compañía más
agradable... Ya podemos imaginar el desenlace del infortunado pasajero: tendría
que bajarse en la mitad del camino, desandar el camino recorrido, perder el
tiempo, el humor y el dinero... Mientras tanto sus compañeros que han hecho el
viaje en el tren que les correspondía, aunque no tan cómodo y hermoso como el
suyo van llegando felices a la estación de término, previendo un bien merecido
descanso que les compensa de antemano las incomodidades del camino.
En el viaje de la vida muchos van en un tren que no es el propio: es el
tren de los descontentos; todos protestan, todos se quejan de todo: los esposos
de sus esposas, los padres de los hijos, los hijos de los padres, los
profesionales de sus clientes, los ciudadanos de su gobierno... Muchos se
quejan, ¡porque entraron no en el tren que debían, sino en el que les dio la
gana! Y no hay peor consejero que la gana para elegir camino en la vida.
Cuántas veces hemos presenciado el caso de hombres maduros que con lágrimas en
los ojos confiesan su fracaso en la vida: tuvieron miedo a mirar de frente su
camino... siguieron la política del avestruz de enterrar su cabeza en la arena
para creerse libres de lo que no querían ver; pero llega fatalmente el momento
en que las consecuencias de su acto los alcanzan. Nuestros actos nos siguen, es
el título de una novela, que encierra en su enunciado una profunda realidad...
Nuestros actos no terminan cuando creemos que han terminado: nos siguen, nos
seguirán toda la vida. No hay más que un camino para acertar: mirar
varonilmente nuestros problemas de frente, sin pestañear, pedir luz a Dios para
conocer la solución y fuerzas para seguir la luz, para no pecar contra la
luz.
Preguntar a un taurómano, ¿por qué se puede torear a un toro y nunca a
una vaca? La vaca es más débil y, sin embargo, no hay torero que se atreva con
ella... La respuesta es clara porque el toro, cegado por la pasión, enfurecido
por las banderillas, pierde la calma y embiste brutalmente con los ojos
cerrados, lo que permite al torero quitarle hábilmente el cuerpo y rematarlo;
entretanto la vaca, aunque más débil, concentra su pasión, pero sin perder la
calma, jamás cierra sus ojos, mira su blanco de frente y embiste con golpe
temible y decisivo: ¡Oh, si nosotros para elegir hiciéramos lo mismo!¡Si jamás
nos dejáramos cegar por pasión ni espejismo alguno, sino que con los ojos bien
abiertos, con una pasión del bien concentrado en nuestro espíritu siguiéramos
por más que nos costara nuestro camino, el que Dios quiere de cada uno de
nosotros! Daríamos en el blanco, y no andaríamos después en la vida como
piezas que no encajan, haciendo esfuerzos violentos por encajar sin lograrlo jamás
del todo.
De los males que podemos encontrar en la vida, uno de los más graves y de mayor
trascendencia es la de no resolvernos a mirar con serenidad y valentía cual sea
nuestro propio camino en la vida.
Un conocido escritor, el P. Remigio Vilariño, nos cuenta llanamente esta anécdota
personal. «Desde hace mucho tiempo me he preocupado de estudiar mis éxitos y
fracasos en la vida y he llegado a esta clara conclusión: Cada vez que he
tenido un éxito definitivo ha sido por haber seguido lo que veía claramente
ser la voluntad de Dios; pero cada vez que me he apartado de ella, a pesar de éxitos
aparentes de un momento, he llegado al fin a la penosa constatación de un
fracaso».
El que mire bien su camino y siga por él no escapará de las penas y miserias
de la vida, ni escapará de los roces y críticas de sus prójimos: para hacerlo
debería escaparse de este mundo, pero en el fondo de su espíritu habrá una
inmensa paz. Sabe que está donde Dios quiere, que está haciendo la voluntad de
su Padre todo poderoso y lleno de bondad que está en los cielos; sabe que Dios
tomará su causa como propia, y que todo termina bien para los que aman con
simplicidad la voluntad divina.
Mientras a su lado desequilibrados, desesperados, llenos de amargura suspiran
los más, él estará como esos robles fuertes plantados en la cumbre de los
montes: los vientos servirán para sacudir su copa, limpiar sus hojas, y para
hundir cada día más y más sus raíces en la tierra firme de la confianza en
Dios. Bien sabe que quien en Dios confía no sufrirá penurias.
¡Joven! Lo que más ardientemente te deseo es que puedas en cada momento decir:
estoy donde Dios quiere, hago su voluntad; en Él confió plenamente.